Terminé de releer “Frankenstein, el moderno Prometeo” de Mary Shelley. Toda historia tiene dos caras en la moneda, y una gran amiga me lo recordó en una ocasión, por eso en esta relectura me enfoqué en esa parte de la que jamás me percaté, la visión de la criatura del Dr. Víctor Frankenstein, y sí, la novela me abrió una perspectiva en la que no había reparado.
Ciertamente
Víctor Frankenstein debió pensar, --- poder hacer algo, no necesariamente quiere
decir que debamos hacerlo ---, la novela me enseña que todo lo que hacemos, cada
uno de nuestros actos nos reclaman siempre consecuencias que nos persiguen toda
la vida. Sin embargo, la queja de la criatura, en su enorme e injusta soledad
es válida, por otro lado, y por duro que sea, siempre hay otra opción que no
sea la venganza.
Víctor
Frankenstein actuó como todo creador al ver la mala decisión de su criatura; acaso no actuó así el
dios de los judíos ante Sodoma y Gomorra, ante la humanidad entera, al provocar
el diluvio y del cual únicamente salva a Noé y su familia, lo mismo Zeus al
provocar el diluvio griego en el que el Titán Prometeo salva a su hijo y su
familia del diluvio indicándoles que debían hacer una gran barca (según la
mitología griega, ¿casualidad o semejanza en los mitos? No lo sé).
Así el ser
humano al tomar consciencia de sí mismo se siente solo, nuestro creador nos abandona
ante un mundo inhóspito y cruel, la diferencia es que nosotros no estamos del
todo solos, nos hacemos compañía, formamos familias, tribus, comarcas, ciudades,
etc. El reclamo, pues, también es válido. Como animales sociales, necesitamos
forzosamente pertenecer, por eso en la historia vemos lo cruel y duro que llega
a ser, para grandes hombres, que sus sociedades los condenen al ostracismo, al exilio
o al destierro. Es duro sentir cómo eres arrancado o no aceptado en donde por
derecho propio perteneces.
En fin, el
diálogo que la criatura tiene con Víctor en los Alpes me sigue fascinando. Una
gran novela y en cada relectura encuentro siempre algo nuevo para reflexionar.