Reza el dicho: “El ejemplo arrastra”; pero no es verdad. La historia está llena de buenos y malos ejemplos. Jesucristo, Alejandro el grande, Napoleón; por mencionar buenos ejemplos, no me ocuparé de los malos, pero todos tienen algo en común, hay un contexto de autoridad, lo que se podría traducir que la gente los reconoce por dos razones; la primera, aceptan su autoridad moral por razones de filiación y la segunda, por miedo, es decir, temen que, al no seguir su ejemplo, al menos delante de ellos, estarán expuestos a algún tipo de reprimenda. Después está “la gente mortal”, esa extensa “zona gris” que pelean por estar en la zona “blanca” o en la zona la “negra”. Es ahí donde las actitudes fuera de lo que el resto de la gente cataloga como “normal” a su conveniencia, por muy buen ejemplo que alguien pudiera ofrecer será inmediatamente catalogado como “loco” o simplemente “estúpido”.
El ser humano, a pesar de su racionalidad,
continúa de manera natural, genéticamente, instintivamente, sin darse cuenta o simplemente
porque es su naturaleza, rigiéndose veladamente por la “ley del más fuerte”, al
final funciona, recordemos que primero somos animales, después humanos. Tenemos
un lugar específico en la “manada” y lo reconocemos de manera intuitiva. ¡Hay
de aquél que trate de transgredir su sitio! Siempre hay alguien que lo logra, y
sin lugar a duda hay un precio que pagar por ello. Son pocos los que lo
reconocen y están dispuestos a hacerlo, otros…simplemente nadan contra corriente
apelando a una moral ideal que nadie reconoce.