El fin de semana pasado salí de
la ciudad; visité el pueblo mágico de Orizaba,
ciertamente solo estuve unas horas por el compromiso que previamente
había adquirido en otro lugar cercano pero pude visitar el museo de las
leyendas. Situado en el centro de la ciudad en un antiguo edificio que como
dice y hace constar el propio museo, en otro tiempo fue sede de un reclusorio
donde por algún tiempo se fraguaron funestas y extrañas historias que se cuentan
(o mejor dicho se leen) en el recorrido del edificio.
Al entrar en el recinto,
inmediatamente se embriaga uno de una atmósfera expectante, llena de magia y misterio, transportándonos a
tiempos lejanos y desconocidos, el sitio nos cuenta historias, algunas
fantásticas, otras… ¡bueno! Otras, mezcladas de fantasía y llenas de realidad
nacidas de eventos no tan ficticios y cuyo folclor ha sabido llenarlas de
entresijos. Y así, camina uno por esos
lustrosos pasillos recorriendo historias, entes, personajes y criaturas que llevan
a nuestra mente poco a poco hacia lugares recónditos de la colonia y nos llena de asombro, sorpresa y emoción.
Pues
bien, venía yo entrando a una de las últimas salas del museo, en ella se encontraba un montaje donde aparecen dos
jóvenes elegantemente ataviados con vestimenta del siglo XVIII; él, asiendo un
ramo de violetas lo ofrece en prenda de su amor a la joven. Apenas iniciaba a
leer el desarrollo de la leyenda, cuando un joven de porte elegante e
igualmente vestido a la usanza del tiempo mostrado en la representación se
dirigió hacia mí con pulcro y colorido lenguaje invitándome a que escuchara de
sus labios el relato que se veía escenificado. Y continuó, -- Él – mencionó el
joven, -- Se llamaba Antonio, de origen español y acaudalado, se había
instalado en el incipiente pueblo de Orizaba con su familia, ella –Prosiguió – de
nombre Gertrudis y de origen más humilde que él, oriunda del lugar, había
cometido el injurioso delito de haber puesto su corazón en este joven español…--
y así, prosiguió contando con tal vehemencia la historia, al punto de casi culminar
en llanto cuando describe el triste desenlace de aquellos jóvenes amantes. Ya
libre del paroxismo en que se vio inmerso durante su relato, me preguntó, que qué
tal me había parecido aquella triste historia y si la había vivido como él la
había sentido durante su narración. Le comenté que en verdad era hermosa y
triste a la vez, el me interrumpió diciendo que su propósito era que nadie la
olvidara, que un amor así era digno de realizarse y vivirse eternamente. Yo le
pregunté por qué como guía del museo no
había iniciado el recorrido desde el inicio y contara todas las leyendas representadas en
él, pero no contestó nada, yo dirigí mi mirada a los maniquíes que en aquella
escenografía representaban a Antonio y Gertrudis, observé los detalles, la
pintura que nos describía las viejas calles empedradas de aquella época; al
volver la vista nuevamente donde había estado de pie aquel joven que me había
deleitado con su relato ya no es encontraba y no se le veía cerca, ni en la
próxima sala que se podía ver a lo lejos. Pensé, ¡qué extraño¡ pero debía
continuar mi recorrido pues se hacía tarde.
Al llegar al final de la sala observé en la pared un viejo óleo, en él
se veía un joven elegante y bien parecido, vestido de la misma manera que aquel
extraño guía o relator de historias y al observar detalladamente el cuadro me di cuenta que el
parecido con el joven cronista era
extraordinario, ¡claro, no podía ser¡ aquella pintura claramente era muy
antigua. Los ojos del joven en el cuadro parecían seguirme y me recordaban
ciertamente los tristes y humedecidos
ojos del narrador. ¿Será posible?...
Bueno, al salir del museo fue
como volver en el tiempo, de aquellos
mágicos lugares, personajes entrañables y extrañas criaturas; regresé a un
mundo frío, siempre lleno de prisas y de leyendas olvidadas. Ahora lo sabemos
todo…pero hemos olvidado lo esencial.