Aún recuerdo muy bien el día; 9
de diciembre de 1980, estaba sentado en una de las bancas de la escuela, cursaba
el segundo de secundaria, no logro recordar exactamente qué estaba haciendo en
esa banca solo sé que me encontraba solo cuando uno de mis compañeros se aceró
y me preguntó:
-- oye loco, ¿supiste que anoche mataron a John
Lennon?, sí, anoche durante el partido de “americano” dieron la noticia, te
comento porque te gustan los Beatles.
--- Sí, me enteré, ¡Qué mala
onda!
Lo cierto es que no sabía; nunca he
sido fanático de los deportes, estaba en el equipo de atletismo de la escuela y
veía solo los partidos que consideraba estarían interesantes pero no era muy
seguido, no quería quedar como tonto por no estar viendo tan importante partido.
Sin embargo, la noticia sí me afectó, no me deprimió ni nada por el estilo solo
me puso a reflexionar que aquellos señores que gustaba de escuchar eran de
carne y hueso, nunca lo había pensado así, solo ponía los dos cassettes que
había en casa y me transportaba, era como si ellos vivieran en otro mundo y al
escucharlos podía estar con ellos, me imaginaba tocando la guitarra y cantando juntos,
y así, de repente todo ese mundo se cae, solía estar cómodo en mi mundo de
ensoñaciones, el problema era cuando chocaba con la realidad. Mientras en el
mundo real se sobrevino todo un fenómeno, de repente los discos tan escasos que
había de los Beatles en el mercado florecieron, era tiempo de hacer negocio, en
la radio varios programas exclusivamente del cuarteto sonaban todas sus
canciones y hasta cosas que no habían salido al mercado, grabaciones raras, tomas
falsas, etc., toda una ola de beatlemanía renacía. Fue cando aproveché para
grabar más cassettes, claro está, en esta ocasión con horrendas voces de
locutores interrumpiendo, indicando la hora a media canción o la rúbrica de la
estación, aún con todo llegue a grabar cerca de diez cassettes que atesoraba,
luego llegó la época de los Lp’s, cada disco costaba alrededor de doscientos
pesos, prácticamente lo que me daban de gasto para la semana, en fin, como
desesperado en lugar de ahorrar una parte semanalmente para poder comprar un
disco tomaba la semana completa, la guardaba y era todo, caminaba todos los
días a la escuela, ida y vuelta, no torta, no refresco, no nada y el sábado en
la tarde salía corriendo a Chedraui para comprar un disco, y cuando compré los álbumes
dobles, fueron quince días de aguantar sed hambre y calor además del cansancio
que implicaba, estaba joven y aguantaba eso y más. Actualmente los dos álbumes
y los cuatro discos que compré de esa manera se los regalé a mis hijos, y créame
a pesar de que me gustó dárselos, al mismo tiempo experimenté un deseo de no
hacerlo por todo lo que había implicado conseguirlos y lo que significaban.
Ya cuando trabajaba y con el auge
de la internet, prácticamente conseguí todo de ellos, o casi todo, y esta vez
la ventaja es que lo puedo compartir y dar sin tener que quedarme sin nada,
claro son otros tiempos y lo veo de manera diferente, aunque aún me escapo a mi
mundo con ellos a tocar y cantar, no pasa un día sin que no escuche algo de ellos
y de Beethoven, por supuesto.
Hace un par de años en un intercambio
de regalos me obsequiaron una taza personalizada con una fotografía de ellos, el
icónico cruce de Abbey Road, me encantó y la tengo siempre en mi escritorio o
tenía, pues una lluviosa mañana no hace mucho, tuve a mal, mientras preparaba
el café para ponerme a trabajar, de colocarla sobre una repisa de mi librero por descuido la coloqué muy a la orilla de la misma y casi instantáneamente cayó rompiéndose
el asa, se desportilló y el golpe le dejó una fractura que permitía filtrar
líquidos, era inútil cualquier tipo de “cirugía “para volverla a la vida y así,
solo me queda una taza rota y una hondonada de recuerdos que me hacen volver a
vivir toda una época.