Hace ya algunas décadas, estando toda una generación en tercero o
cuarto de primaria; un día cualquiera llega la maestra al salón de clases y les
dice a los niños
--- ¡Salgan al patio y hagan
una fila hacia la dirección!
Los niños, algunos eufóricos, otros con incertidumbre, salieron a formarse.
Después de unos minutos vieron entrar a dos enfermeras cargando sendas hileras y
la pesadilla para algunos de los presentes inició. ¡Nos van a vacunar! Comenzó inmediatamente
el rumor. Los de atrás no alcanzaban a ver lo que acontecía en la dirección, ya
con el rumor en la cabeza, azorados intentaban ver para cerciorarse de lo que
se les había hecho saber sólo como bisbiseo, hasta que el silencio fue roto por
un llanto, todos vimos salir de la dirección a Juanito, presionando un algodón
sobre su brazo izquierdo y la maestra Teresa sosteniéndolo de los hombros,
quien para consolarlo le ofrecía una paletita de dulce. Y así, uno a uno nos
vimos obligados, cuales reos llevados al paredón, a desnudar el brazo para
recibir el “tiro de gracia" de manos de una malencarada enfermera.
Al llegar a casa nuestra queja contra la escuela no se hizo esperar.
--- mamá, mamá ¡nos vacunaron en la escuela! ¡no nos avisaron!
A lo cuál nuestra madre contestaba. --- ¿Y? es por tu bien, no sea
“chillón” que es solo un piquetito que no duele.
Al ver nuestra queja echada por tierra, solo nos quedaba el recurso
del silencio. Nos sentamos en la mesa y para nuestra sorpresa en ese día
nefasto habían guisado nuestra comida favorita, al terminar, mamá nos hacía tomar
un “mejoralito” y nos mandaba a la cama, con nuestro brazo adolorido, esa tarde
no había tarea ni deberes en casa.
Hoy, después de tantos años me encuentro aquí, formado voluntariamente
a una “dirección” imaginaria donde decenas de enfermeras, con sus consabidas
hieleras cargadas de jeringas de alto calibre y “letales dosis”, están prestas
ha realizar su “tiro de gracia”. En esta ocasión sí hubo aviso, pero los
rumores continúan. “Que si nos implantan un ship”, “que es la vacuna chafa”, “que
si nos va doler la cabeza”, “nos va dar fiebre”, …. Y un largo etcétera desde
fundamentados argumentos hasta los más ridículos.
En esta ocasión no estará la maestra Teresa para ofrecernos un
dulce, no estará nuestra comida favorita en casa como velado premio a nuestra
“valentía” y a la angustia escondida de nuestras madres. Así pues, vemos cómo
ante lo desconocido, ante lo que está fuera de nuestro control, ante lo que no
entendemos, desde lo más íntimo de nuestra alma, asoma ese niño asustado que
vive en nosotros y que hemos olvidado. Ahora solo nos resta apapacharlo
nosotros mismos.