Cada vez que leo Cien años de soledad no puedo evitar
recordar a mi padre. Así como me imagino a Don José Arcadio arrastrar un gran
imán por todo el pueblo para encontrar oro y después encerrarse en su viajo taller con el
misterioso Melquiades tratando de arrancarle a la vida sus arcanos, a él lo recuerdo en su taller, creando con un
montón de fierros usados y algunas cosas que iba adquiriendo, distintas
máquinas que se requerían en la casa para las reparaciones o innovaciones de la
misma, así, lo vi hacer un torno para
madera, una máquina de soldar y una serie de aparatos que ya no recuerdo si
funcionaron o no. Después cuando descansaba se metía en su estudio a leer
antiguos libros de tornería, mecánica y algunas cosas raras de pirámides y
energías.
No fue un hombre de consejos,
solo de trabajos, todo lo que se necesitaba en el hogar (o gran parte de las
cosas) se tenían que hacer o reparar en casa, así lo hizo la vida y la
necesidad. Nadar contra corriente su gran legado, su responsabilidad en el
trabajo y una búsqueda insaciable en aprender y meditar en lo que creía. Fue su ejemplo lo que me
forjó.
Apenas si terminó la primaria, sentía
la necesidad de aprender y lo hacía de manera autodidacta. Sus gustos en la
música también me marcaron, siempre que escucho a Beethoven (y lo hago casi a diario)
lo recuerdo. José Alfredo Jiménez otro de sus gustos, quizás extremos pero así
era él.
También de la misma manera que el
viejo Don José llevaba a los niños Arcadio, Aureliano a ver a los gitanos y al
viaje para encontrar una salida desde Macondo hacía el mar, así con las debidas
reservas mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano en la motocicleta a pasear, a
viajar, a ver cosas extrañas o espectaculares, tanto como un niño pueda
imaginar, así lo mismo al parque que al antiguo acuario, a la ciudad de México
o a Antón Lizardo a dejarnos caer en las dunas…eran para mi grandes aventuras.
Por último, así como el viejo Arcadio terminó amarrado a un árbol, hablando
con fantasmas y viviendo o conviviendo con sus recuerdos. De manera similar
quedó atado mi padre, primero por su ceguera que lo limitó al espacio de la
casa, ya no salía a caminar cómo tanto le gustaba, tenía que hacerlo con la
supervisión de uno de mis hermanos, hasta que la mente le jugó extraño vuelco,
postrado ya no solo en silla de ruedas sino también en su entendimiento.
No nos recordaba a todos o nos
confundía, se sentía en la casa de su infancia o quería volver a ella,
recordaba gente extraña o que yo jamás conocí, quería regresar, veía gente en
la casa que nadie más veía, así hasta que ya no resistió más… eso si, se
resistió, luchó todo lo que pudo como era su costumbre hasta que al fin…
descansó.
Así lo recuerdo, siempre solo,
jamás le conocí un amigo; en su taller trabajando en algo o en su recamara
leyendo o en su estudio, que en los últimos años fue su habitación. Contra
corriente hasta el final. Es extraño cómo uno no se percata en el parecido que
se tiene con su padre, no solo rasgos físicos, formas de trabajar, de aprender,
de luchar de mirar las cosas. Sé que nunca veré el mundo como él pero ahora
entiendo cómo lo veía y sí, esa perspectiva me marcó
A un mes de su partida escribo
éstas líneas a modo de despedida.