jueves, 27 de septiembre de 2018

Aquí


Estoy aquí, nuevamente, frente a todos y frente a nadie.
Hablando un lenguaje absurdo, utópico, de nadie.
Guiado por una razón, razón de nadie.
Y me escindo, me confundo, me aíslo, me pierdo;
rememoro mi niñez, mi juventud, mi madurez.
Y el ciclo se repite… y no entiendo.
Y me vuelvo en hostil y amargo juez.
Y el absurdo sigue… lo descubro,
me percato de la soledad en la que todos estamos envueltos,
sólo la descubres cuando abres los ojos, cuando reconoces
que no hay nada en especial, que solo eres el resultado de
la idiosincrasia pura de la naturaleza, que sólo tienes las armas
propias que por azar te han tocado.
Eres únicamente azar y no destino

domingo, 1 de julio de 2018

A modo de despedida


Cada vez que leo Cien años de soledad no puedo evitar recordar a mi padre. Así como me imagino a Don José Arcadio arrastrar un gran imán por todo el pueblo para encontrar oro y después  encerrarse en su viajo taller con el misterioso Melquiades tratando de arrancarle a la vida sus arcanos, a  él lo recuerdo en su taller, creando con un montón de fierros usados y algunas cosas que iba adquiriendo, distintas máquinas que se requerían en la casa para las reparaciones o innovaciones de la misma, así,  lo vi hacer un torno para madera, una máquina de soldar y una serie de aparatos que ya no recuerdo si funcionaron o no. Después cuando descansaba se metía en su estudio a leer antiguos libros de tornería, mecánica y algunas cosas raras de pirámides y energías.
No fue un hombre de consejos, solo de trabajos, todo lo que se necesitaba en el hogar (o gran parte de las cosas) se tenían que hacer o reparar en casa, así lo hizo la vida y la necesidad. Nadar contra corriente su gran legado, su responsabilidad en el trabajo y una búsqueda insaciable en aprender y meditar  en lo que creía. Fue su ejemplo lo que me forjó.
Apenas si terminó la primaria, sentía la necesidad de aprender y lo hacía de manera autodidacta. Sus gustos en la música también me marcaron, siempre que escucho a Beethoven (y lo hago casi a diario) lo recuerdo. José Alfredo Jiménez otro de sus gustos, quizás extremos pero así era él.
También de la misma manera que el viejo Don José llevaba a los niños Arcadio, Aureliano a ver a los gitanos y al viaje para encontrar una salida desde Macondo hacía el mar, así con las debidas reservas mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano en la motocicleta a pasear, a viajar, a ver cosas extrañas o espectaculares, tanto como un niño pueda imaginar, así lo mismo al parque que al antiguo acuario, a la ciudad de México o a Antón Lizardo a dejarnos caer en las dunas…eran para mi grandes aventuras.
Por último,  así como el viejo  Arcadio terminó amarrado a un árbol, hablando con fantasmas y viviendo o conviviendo con sus recuerdos. De manera similar quedó atado mi padre, primero por su ceguera que lo limitó al espacio de la casa, ya no salía a caminar cómo tanto le gustaba, tenía que hacerlo con la supervisión de uno de mis hermanos, hasta que la mente le jugó extraño vuelco, postrado ya no solo en silla de ruedas sino también en su entendimiento. No  nos recordaba a todos o nos confundía, se sentía en la casa de su infancia o quería volver a ella, recordaba gente extraña o que yo jamás conocí, quería regresar, veía gente en la casa que nadie más veía, así hasta que ya no resistió más… eso si, se resistió, luchó todo lo que pudo como era su costumbre hasta que al fin… descansó.
Así lo recuerdo, siempre solo, jamás le conocí un amigo; en su taller trabajando en algo o en su recamara leyendo o en su estudio, que en los últimos años fue su habitación. Contra corriente hasta el final. Es extraño cómo uno no se percata en el parecido que se tiene con su padre, no solo rasgos físicos, formas de trabajar, de aprender, de luchar de mirar las cosas. Sé que nunca veré el mundo como él pero ahora entiendo cómo lo veía y sí, esa perspectiva me marcó
A un mes de su partida escribo éstas líneas a modo de despedida.

jueves, 19 de abril de 2018

De museo




El fin de semana pasado salí de la ciudad; visité el pueblo mágico de Orizaba,  ciertamente solo estuve unas horas por el compromiso que previamente había adquirido en otro lugar cercano pero pude visitar el museo de las leyendas. Situado en el centro de la ciudad en un antiguo edificio que como dice y hace constar el propio museo, en otro tiempo fue sede de un reclusorio donde por algún tiempo se fraguaron funestas y extrañas historias que se cuentan (o mejor dicho se leen) en el recorrido del edificio.
Al entrar en el recinto, inmediatamente se embriaga uno de una atmósfera expectante, llena  de magia y misterio, transportándonos a tiempos lejanos y desconocidos, el sitio nos cuenta historias, algunas fantásticas, otras… ¡bueno! Otras, mezcladas de fantasía y llenas de realidad nacidas de eventos no tan ficticios y cuyo folclor ha sabido llenarlas de entresijos. Y así,  camina uno por esos lustrosos pasillos recorriendo historias, entes, personajes y criaturas que llevan a nuestra mente poco a poco hacia lugares recónditos de la colonia y  nos llena de asombro, sorpresa y emoción. 

Pues bien, venía yo entrando a una de las últimas salas del museo, en ella se  encontraba un montaje donde aparecen dos jóvenes elegantemente ataviados con vestimenta del siglo XVIII; él, asiendo un ramo de violetas lo ofrece en prenda de su amor a la joven. Apenas iniciaba a leer el desarrollo de la leyenda, cuando un joven de porte elegante e igualmente vestido a la usanza del tiempo mostrado en la representación se dirigió hacia mí con pulcro y colorido lenguaje invitándome a que escuchara de sus labios el relato que se veía escenificado. Y continuó, -- Él – mencionó el joven, -- Se llamaba Antonio, de origen español y acaudalado, se había instalado en el incipiente pueblo de Orizaba con su familia, ella –Prosiguió – de nombre Gertrudis y de origen más humilde que él, oriunda del lugar, había cometido el injurioso delito de haber puesto su corazón en este joven español…-- y así, prosiguió contando con tal vehemencia la historia, al punto de casi culminar en llanto cuando describe el triste desenlace de aquellos jóvenes amantes. Ya libre del paroxismo en que se vio inmerso durante su relato, me preguntó, que qué tal me había parecido aquella triste historia y si la había vivido como él la había sentido durante su narración. Le comenté que en verdad era hermosa y triste a la vez, el me interrumpió diciendo que su propósito era que nadie la olvidara, que un amor así era digno de realizarse y vivirse eternamente. Yo le pregunté por qué como guía del  museo no había iniciado el recorrido desde el inicio  y contara todas las leyendas representadas en él, pero no contestó nada, yo dirigí mi mirada a los maniquíes que en aquella escenografía representaban a Antonio y Gertrudis, observé los detalles, la pintura que nos describía las viejas calles empedradas de aquella época; al volver la vista nuevamente donde había estado de pie aquel joven que me había deleitado con su relato ya no es encontraba y no se le veía cerca, ni en la próxima sala que se podía ver a lo lejos. Pensé, ¡qué extraño¡ pero debía continuar mi recorrido pues se hacía tarde.  Al llegar al final de la sala observé en la pared un viejo óleo, en él se veía un joven elegante y bien parecido, vestido de la misma manera que aquel extraño guía o relator de historias y al observar  detalladamente el cuadro me di cuenta que el parecido con el joven cronista  era extraordinario, ¡claro, no podía ser¡ aquella pintura claramente era muy antigua. Los ojos del joven en el cuadro parecían seguirme y me recordaban ciertamente los tristes y humedecidos  ojos del narrador. ¿Será posible?...
Bueno, al salir del museo fue como volver en el tiempo, de aquellos  mágicos lugares, personajes entrañables y extrañas criaturas; regresé a un mundo frío, siempre lleno de prisas y de leyendas olvidadas. Ahora lo sabemos todo…pero hemos olvidado lo esencial.

Conteos finales...

  Quizás sean estas fechas o únicamente la edad, pero… así resultan las cosas. Por motivos legales me vi obligado a buscar un documento, q...